
SEPTIMA PALABRA
“PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU”
El sol se eclipsó y el velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, con fuerte voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y al decir esto, expiró.
No es posible que mueras, Señor mío,
clavado en una Cruz de soledades...
Que no puedo, Señor, mirar los ojos
transidos de amargura de tu Madre.
Ella, tan Niña, que no entiende
calvarios tan amargos que le parten
sus entrañas de Niña sin consuelo
por sus desconsolados lagrimales.
No lo entiende, Señor, es una Niña...
Solo siente el dolor de los puñales
que atraviesan su alma medianera,
marchita de dolor de parte a parte.
No es posible que mueras, Señor mío,
clavado en una Cruz de soledades...
La Niña de Belén llora su pena
bajo un palio de pena inconsolable.
Aún recuerda la noche misteriosa
en que vino Gabriel para anunciarle
que su vientre de amor sería Sagrario
pues Dios la había elegido como Madre.
Aún recuerda el pesebre del establo
donde te puso, Cristo, los pañales
y te cantó la nana de la noche
meciéndote en sus brazos maternales.
Aún recuerda tus ojos de chiquillo
travieso que jugaba por las calles
y la primera vez que te perdiste
y la última vez que la besaste.
No es posible que mueras, Señor mío,
clavado en una Cruz de soledades...
Al pie de la Cruz quiere María,
con sus propias manitas desclavarte
y besar tus heridas y tus llagas
y mecerte, Dios mío, y acunarte
y cantarte la nana de la noche
y sentir que te quiere más que a nadie
pero no puede, Dios, pero no puede
tan siquiera secar sus lagrimales.
No entiende el por qué de su amargura
ni entiende la amargura de tu sangre.
No es posible que mueras, Señor mío,
clavado en una Cruz de soledades...
En el último aliento Tú quisieras
beberte los suspiros de la tarde,
apresando la muerte entre los labios,
en tu boca llagada de pesares,
por tragarte, Señor, cada amargura,
cada beso de espinas que aguantaste,
cada gota de aire que se escapa,
cada gota de vida que te falte.
Tú, Señor, que perdón nos ofreciste,
paraíso de amor nos entregaste,
que nos diste el consuelo de lo humano,
que por dar, Señor, nos diste hasta una Madre
y calmaste la sed de nuestros labios
con amplios y fecundos lagrimales,
en tu séptima palabra nos ofreces
¡la Vida!, Señor mío, que miraste
a la muerte, sin tapujos, frente a frente,
y muriendo, Señor, nos regalaste
la dicha de creer que existe un cielo,
sin llantos, sin dolor y sin penares...
Alégrate, María, que no hay luto,
que no hay muerte que pueda destrozarte,
porque esa Cruz, Señora, que no entiendes,
esa Cruz de dolores que te parte
tu corazón de Niña y de Mujer,
de Reina Mediadora y de Madre
es una Cruz de Vida y no de muerte,
una Cruz de esperanza sin pesares.
Pues no es posible, Dios, que Tú te mueras
clavado en una Cruz de soledades.
Solo duermes, Señor, en la madera...
¡Ya no lloran los ojos de tu Madre!