domingo 17 de mayo de 2009

La nana del caminito


La nana del caminito
otra vez te estoy cantando...

Ea la ea, mi niño,
ea, que te estoy velando
tu sueño de dulce muerte
que otra vez me está clavando
el puñal de mis angustias
en mi pecho traspasado.

Ea la ea, mi niño,
duerme que te estoy besando
cada herida florecida
sobre tus pies y tus manos.
Qué rosal escarnecido
por culpita de esos clavos...
Qué pena, niño, qué pena
de verte crucificado,
si eres Tú lo más bonito,
qué pena que te mataron.

La nana del caminito
otra vez te estoy cantando...

Dejadme con el dolor
de mi niño, en mi regazo,
que yo le cante la nana
de cada Miércoles Santo
cuando la cruz me traspasa
las angustias de mi manto
para dejarme clavada
una espada de quebranto.

Dejadme con mi dolor,
y con mi niño pegado
al arrullo de mi pecho
que llora desconsolado
porque me faltan los besos
que brotaban de sus labios.

Ea la ea, mi niño,
que tu Madre está cantando
sus angustias infinitas
para mecerte en el paso
de sus amores eternos,
para acunarte despacio
y velar el dulce sueño
la noche de mi quebranto.

La nana del caminito
otra vez te estoy cantando...

Ea, la ea, mi niño,
¡mira cómo estoy llorando!

sábado 9 de mayo de 2009

Coplas a Jesús Nazareno


Padre Jesús Nazareno,
Señor de Santa María,
de Misericordia lleno.
Te pedimos, Padre bueno,
que nos traigas la alegría.


Es la oración penitente
del pueblo que te venera,
del que te ama y te siente,
del que arrancarte quisiera
las espinas de tu frente.
Oración de cada día
y de cada madrugada,
plegaria del alma mía
que brota de la alegría
de saberse enamorada.
Rezar de tu pueblo orante
que, en silencio, se arrodilla,
nazareno y caminante,
buscando siempre el semblante
del amor, en tu capilla.

Padre Jesús Nazareno,
Señor de Santa María,
de Misericordia lleno.
Te pedimos, Padre bueno,
que nos traigas la alegría.


Señor en la madrugada
de los silencios morados
cuando la noche callada
se adormece en tu mirada
de amaneceres dorados.
Señor que vas clareando
la negritud del ocaso,
cuánto amor vas derramando
con esa Cruz caminando,
dando vida a cada paso.
Nazareno escalofrío
de contemplarte silente,
plenitud del amor mío
que se estremece de frío
cuando tan cerca te siente.
Nazarenas tus callejas
y tus plazas y tus fuentes
y tus flores y tus rejas
que sufren cuando te alejas
por caminos penitentes.
Nazarenos, los amores
que suspiran su quebranto,
promesas y sinsabores,
amalgama de fervores
la noche del Jueves Santo.
Nazarenas las pisadas
de la pasión que venera
y la túnicas moradas
que funden las madrugadas
con el calor de la cera
de los cirios encendidos
para el corazón que estrena
sinfonía de latidos
a la Cruz siempre prendidos
como la fe nazarena.

La noche de tu agonía,
te pedimos, Padre bueno,
que nos traigas la alegría.
¡Señor de Santa María!
¡Padre Jesús Nazareno!

jueves 30 de abril de 2009

Ojos de Vida Eterna


La Madrugá...

Cada plegaria, un sueño revestido de los blancos y celestes de los hábitos nazarenos, envuelta en el sueño mágico de una madrugada presentida y añorada, que está por venir y que volverá a escaparse entre los dedos, como siempre, sin darnos cuenta, cuando el primer rayo de sol despunte sobre el cielo de Cádiz, clareando la noche, apagando la luna, conjugando claroscuros imposibles de pintar ni describir, arreboles violetas de los primaverales amaneceres gaditanos.

Será entonces cuando el Señor del Perdón volverá a beberse la madrugada de Cádiz para calmar su sed eterna de amores, esperando siempre la claridad celeste de la nueva aurora que despunta por el Campo del Sur, desde el balcón de muerte de su cruz, para atrapar el primer rayo de sol en la miel de sus ojos cansados.

Tenso su cuerpo. Su mirada altiva. Como queriendo desclavarse para acoger en sus brazos abiertos a todos aquellos que le rezan y le piden. Como queriendo desgarrar sus manos para partir la cruz de los gemidos y de los desamores en cada madrugada de amargura, en la amargura de todos nuestros calvarios, mientras sus ojos de miel descubren el violeta color de la alborada.

Madrugá del Viernes Santo... La única Madrugá de todo el año... Basta con decir “La Madrugá” y Cádiz sabe que es precisamente esa noche en que la luna se llena como nunca y palidece de tan blanca y se estremece de tan tibia. Madrugá del misterio que no tiene un comienzo definido porque nadie sabe exactamente cuándo acaba la noche del Jueves Santo y comienza la Madrugá del Viernes. Tal vez cuando la luna se enreda definitivamente en la bendita melena del Greñúo... Lo que sí se sabe, a ciencia cierta, es que la Madrugá explota en mil colores cuando, desde Santa Cruz, el Perdón rompe los espacios imposibles con su tronar de trompetas y tambores, buscando en la negra noche la luna blanca de la Vida que vence a la Muerte por el perdón de los pecados.

Lleva ojos de luna la Reina del Rosario bajo palio de oros y de azules. Lleva ojeras de plata la Reina de la Madrugá, de plata forjada en la fragua de todos los amaneceres contemplados, año tras año, cuando la noche se hace día y la Madrugá, aurora. Lleva la Reina del Rosario, el dolor engastado en cada cuenta de un rosario infinito y cada cuenta es un alma y cada alma un suspiro y cada suspiro una eterna letanía de plegarias.

Y cada plegaria, un sueño de amaneceres blancos y celestes, como las túnicas nazarenas, como mi plegaria y mi sueño de esta noche, que suben al cielo y se apagan, tenues, durmiéndose en la quimera de todos los que esperamos la nueva Madrugá para enredarnos en la miel de los ojos del Señor que perdona los pecados del mundo... Ojos de Vida Eterna...

domingo 12 de abril de 2009

Semana Santa en el alma


Hay una Semana Santa íntima, imposible de anunciar en un cartel ni de exaltar en un pregón. Semana Santa sin fotografías para el recuerdo pero con recuerdos que se graban a fuego en los pliegues del alma. Semana Santa incontable, incompartible, nunca acabada de descubrir al completo... Imposible de descubrir, siquiera levemente, por alguien más...

La configuran una mirada, un escalofrío, un cielo distinto cada vez, un rosario que cuelga del cíngulo de un nazareno al que nadie mira, un beso en la casapuerta de una madre afanada en igualar los pliegues de una capa, un llanto que oculta el antifaz y una sonrisa que oculta una amargura.

No, no es una Semana Santa de medios informativos ni de aplausos colectivos ni de marchas procesionales en la trasera de un palio. Bien al contrario, es una Semana Santa trascendente, misteriosa, a la que solo es posible acceder contemplándola con los ojos del alma, tocándola con las manos de alma, gustándola con los labios del alma, sintiéndola con el alma toda.

Está en las calles y en los balcones y en los celajes de la luna llena. Está en la última puntada de un bordado en una saya. Y también en las luces y en las sombras, en la noche que vence a la tarde casi por arte de magia, en una medalla anudada en la presilla del pantalón de un cargador, en el cairel perdido de unas bambalinas, en la rosa de plata sobre las manos de la Virgen...

Pero sobre todo está en el espacio inviolable de los sueños íntimos, personales e intransferibles, revestidos de la leve eternidad de no verse nunca cumplidos del todo. En ese espacio es donde la Semana Santa se eterniza y se hace vieja y nueva a la vez. Y así, es posible descubrirla por vez primera, con la intensa emoción del primer amor. Y es posible amarla hasta la medida que marca un amor sin medida. Así es como un alma encanece cumpliendo primaveras, amasando recuerdos imposibles de expresar, esperando que otro año le pille, como por sorpresa, en aquella esquina, en aquella plaza, en aquel balcón donde el alma, oculta tras los visillos, esperó, con los ojos alfilereados por el sueño, el primer encuentro con la Gloria mecida entre varales...

Hay una Semana Santa oculta en los pliegues del alma, donde la madera se hace carne, donde aún quema la cera de los años entre los dedos, donde se clavan los puñales de la nostalgia cada Domingo de Resurrección. Descubra la suya: íntima, única, para nadie repetible. Posiblemente en nada parecida a la mía ni a la de aquel. Porque ese es el verdadero milagro de la Semana Santa: que detrás de los tópicos y las tradiciones, de las revoluciones y la literatura; detrás de aquello que todos sabemos y comprendemos, de aquello que podemos plasmar en las páginas de un itinerario, de aquello, tantas veces anunciado, exaltado, visto y sentido, se esconde la auténtica Semana Santa que solo es propiedad de quién consigue amarla con toda el alma...

sábado 28 de febrero de 2009

Pregón de la primavera


Con la llegada de la Cuaresma, Cádiz se vestirá, una vez más, de primavera. Como cada año, la primavera se colará en las almas y dejará el esperado brote de azahar perfumado, un lamento de azahar que purificará el cielo azul de esta bendita tierra.

A Cádiz le brotan azahares cuando llega la primavera. Azahares blancos para los naranjos del alma gaditana, florecidos para el anuncio de la Vida. Todo Cádiz se envuelve en un hálito mágico e invisible que recorre la ciudad en las noches de Cuaresma, cuando ya todo parece muy cercano.

Y aunque parezca que todo es igual que siempre, no lo es. Solo tú, cofrade, sabes del misterioso embrujo de las noches de Cuaresma, cuando a Cádiz le florecen los azahares en el alma. Solo tú aciertas a percibir el aroma que desprende cada calle y cada plaza por donde tienen que pasar tu Cristo y tu Virgen, como si empezaran a glorificar con incienso, esperando su llegada.

Y es que el milagro de cada primavera está a punto de hacerse realidad. El sueño de tantos días y noches está próximo a cumplirse. Lo anunciarán las Convocatorias de Cultos en puertas y cristales, las campanas de la Iglesia, el incienso que perfuma el aire, el reparto de túnicas en la Casa de Hermandad y el cofrade de siempre, el de todos los días, que ya empieza a mirar al cielo...

Lo anunciarán los pasos que se adivinarán tras la puerta de la capilla y los que, inesperadamente, se verán al doblar la esquina, en el primer ensayo cargador de la nueva primavera. Y lo anunciará el besapié del Cristo y el primer capirote de cartón debajo de un brazo y el cable que ayer no estaba, y que impedirá que el palio pase sin problemas. Y lo anunciará la Palabra de Dios proclamada en los altares...

Y es que Cádiz entera anunciará cada año que le llega la Semana Santa con su particular pregón. Pregón que se proclama no para ser oído, sino para ser sentido. El pregón que la ciudad ofrece cada noche de Cuaresma, siempre distinto, siempre mágico, siempre aromado de incienso y de azahares que a Cádiz le brotarán en el alma, como cada primavera...

viernes 31 de octubre de 2008

El milagro de una tarde


Será una tarde, cuando las aguas del mar reflejen los rayos postreros de un sol sumergido en el horizonte y las nubes siempre inquietas del ocaso se pinten de ocre y de naranja sobre el cielo de la Viña. Repicarán campanas que suenan a salve y suenan a tango y suenan a grito de un barrio acostumbrado a callar y a rezar, a rezar y a callar... Dos formas distintas de un único silencio. Y ocurrirá, entonces, el milagro repetido de todos los noviembres en la Viña...

Quizá no me crea. En los tiempos que corren, a menudo resulta imposible creer en milagros. Decía Einstein que había dos maneras de vivir la vida: como si nada fuera un milagro o como si todo lo fuera. Déjeme aconsejarle que escoja la segunda, siquiera sea por un momento. Vaya a la Viña, a ese paraíso de escolleras y a ese infierno de techos apuntalados, al que tanto se canta en carnavales –otro grito de silencio–, por el que tantos preguntan buscando el tipismo anunciado en las guías turísticas. Vaya a la Viña, pero no olvide antes desnudar el alma, despojarla de todo y de nada, de creencias y de incredulidades. Desnude el alma porque va a hacerle falta espacio para albergar tanto cielo...

Verá que todos los caminos conducen al Cielo. Sí, está bien escrito así, con mayúsculas. Porque hay un Cielo con mayúsculas al que se llega por los estrechos Callejones de los sueños. Pero, si no le apetece soñar o no le quedan ya sueños que inventar, baje por Torre hasta Rosa y siga el camino del Cielo que le marcan las macetas de geranios y claveles: Pastora, Plaza Pinto, Hermano Ignacio, Virgen de las Penas, Palma... O vaya por el Corralón a Misericordia... Misericordia, Palma... Tire por donde tire, el Cielo se adivina antes de llegar a El. Palma, Misericordia, Penas: el misterio trinitario según la Viña. Trilogía de fe y de devoción que todo lo inunda como un maremoto incontenible, por más estandartes de miseria, de incomprensión, de injusticia y de abandono que se claven sobre las entrañas desquebrajadas del barrio, en un intento vano de detener unas aguas sin las que el barrio empezaría a morir de verdad.

Será una tarde... En la calle de la Palma, la única calle de Cádiz que acaba directamente en el Cielo. Será cuando las aguas del mar reflejen los rayos postreros de un sol sumergido en el horizonte y las nubes siempre inquietas del ocaso se pinten de ocre y de naranja sobre el cielo de la Viña. Repicarán campanas que suenan a salve y suenan a tango y suenan a grito de un barrio acostumbrado a callar y a rezar, a rezar y a callar... Será entonces cuando ocurra el milagro repetido de todos los noviembres en la Viña: se abrirán las puertas del Cielo, de par en par, para que vuelva a su tierra prometida la que es Reina de todos los cielos y de todas las tierras. Y, entonces, será testigo –no se olvide antes de desnudar el alma– del milagro de todos los años, cuando la Viña se inunde de tanta Gracia derramada por la Infinita Grandeza de una Virgen tan chiquita...

sábado 25 de octubre de 2008

Los nardos del reencuentro


No hacen falta calendarios que marquen las fechas ni proclamas que anuncien aquello que los sentidos se encargan de descifrar. Por la Plaza de las Flores huele a nardos que pregonan, indefectiblemente, el reencuentro de Cádiz con su Patrona. Aroma de nardos que es símbolo inconfundible de la llegada del mes de octubre. Fragancias de la Virgen más Gaditana, en esa mariología, nunca escrita, del corazón que atrapa devociones y le pone rostros de Mujer.

Varas de nardos en las pequeñas manos de los niños de Cádiz, oferentes de la inocencia de una fe incipiente, nueva, sin alardes ni grandes pretensiones. En el rito de la ofrenda infantil a la Patrona late, sin dudas, la semilla de la transmisión de nuestra propia fe adormecida por las modas y los tiempos; quizá perdida por tanto discurso teórico, tanta valoración y tanta medida, cuando la fe, en esencia, es inmedible e invalorable. A las puertas de los colegios, niños con nardos en las manos que serán depositados a las plantas de la Virgen en Santo Domingo. El reencuentro de Cádiz con su Patrona... Porque, en esos nardos, también va la ofrenda de muchos que olvidaron sus creencias o renunciaron a ellas; pero que ponen en las manos de sus hijos un retazo de fe escondido en algún pliegue del alma.

Siglos de historia escrita a golpes de mar. Porque así escribe Cádiz su propia historia trimilenaria. Sobre la mar de la fe de Cádiz, navega la barca, a menudo zozobrante, del amor, de la que Ella es Capitana y Galeona. Mar de nardos a los pies de la Virgen, ramilletes de amor brotados a sus plantas, perfumando la tarde gloriosa del reencuentro con su pueblo por calles y plazas. Cádiz es quien la sigue y la acompaña, quien la lleva y la contempla, desgranando las cuentas de un rosario que componen un único misterio: el de la eterna hermosura de sus ojos inmaculados. Una única letanía que musitan, cada siete de octubre, los labios del alma: Virgen Santísima del Rosario Coronada, ruega por nosotros...

domingo 21 de septiembre de 2008

Soledad para tu alma


Cuánta soledad desnuda
al pie de la cruz, María...
Cuánta noche, cuánto espanto,
cuánta esperanza perdida
en el ocaso de muerte
de tu soledad vacía.
Sudario para tus penas
de soledad infinita.
¿Quién te puede consolar
tanto quebranto, mi Niña,
si no hay consuelo posible
para tu eterna desdicha
de un calvario que te llena
de soledades baldías?
Soledad para tu llanto,
incontenible agonía
de amargores y tristezas
prendidos en tus pupilas.
Soledad para tus manos,
tan suaves, tan vacías,
donde un rosario se aprieta,
donde un pañuelo dormita
tan lleno de soledades
como tu alma contrita.
Soledad para tu alma
por la soledad partida,
universo de dolores
que se clavan como espinas
de soledades profundas
en tus entrañas benditas.
Soledad sobre tu paso
donde la flor se marchita,
donde los cirios se apagan
sobre la candelería,
donde la cruz atormenta,
donde la plata no brilla
porque tanta soledad
en Ti, Madre, se cobija
que la flor está muriendo,
que los velones tiritan
y la plata palidece
ante el sol de tu agonía.
¿Quién te puede consolar
tanto quebranto, mi Niña,
tanta soledad clavada
en tu alma dolorida?

domingo 14 de septiembre de 2008

Alzando Simpecados


Cádiz alza el Simpecado de María al cielo azul de la ciudad. El Simpecado de su devoción enraizada en la profundidad de su corazón, de su fe aprendida y transmitida de generación en generación. Aprendimos el amor a María de nuestros padres y nuestros abuelos, que nos enseñaron a querer a la Virgen por encima de todas las cosas. La Imagen, la estampa, el cuadro sobre la cabecera de la cama eran mucho más que simples iconos, que simples símbolos. Mucho más que simple madera o simple papel. Aprendimos a rezar a la Virgen, de tú a tú, sin lejanías ni distancias, a considerarla Madre y Amiga. Y nunca sentimos vergüenza de llevarla en la medalla ni en la cartera, de tenerla dibujada en el almanaque de todos los años, de toda la vida...

María cercana en nuestras devociones particulares, venerada en sus Imágenes que nos la muestran como nosotros la entendemos. Así la queremos y así la sentimos. ¿Quién puede describir las miradas de quienes la contemplan desde abajo, cuando ella se eleva en el trono de amor que su gente le pone? Oración de los ojos vivificados, de los ojos húmedos por el cariño, de los ojos fijos en su rostro aniñado y dulce. Oración de los labios musitando una oración, una plegaria de silencios interiores, tal vez un agradecimiento. O un reproche, cuando las cosas no vienen como uno quisiera. Aprendimos, hace mucho, a reñir a la Virgen, a reñir al Señor y hasta a enfadarnos con Ellos, cuando la vida nos puede. ¿Qué misterio puede encerrar la divinidad para quienes lograron confiar tanto en lo divino? La grandeza del amor de un pueblo que no teme a Dios, porque lo siente cercano, íntimo, suyo. Suyo en sus alegrías y en sus tristezas, en sus agradecimientos y en sus quejas, en su todo y en su nada. La fe de un pueblo que no debiera ser juzgada ni medida, calificada ni corregida porque es una fe limpia; sencilla, sí, si no nos paramos a pensar en la profundidad de las cosas sencillas. Una fe que a nadie daña y que, en muchos casos, logra la plenitud para el alma. No existe fanatismo en la sencillez de la buena gente. Fanático es el que mata en nombre de Dios, el que en nombre de Dios explota, margina o crea desigualdades sociales, de raza, sexo o religión. El que, en nombre de Dios, asola los pueblos y destruye las almas.

Sigue, Cádiz, levantando simpecados para alabar las Glorias de María Santísima, abanderada de la Palabra, del Camino, de la Verdad y de la Vida. Sigue alzando a tu cielo azul el Simpecado de Aquella en la que Dios se encarnó para nacer a la vida, para vencer a la muerte y ofrecernos su Reino de Salvación. Bienaventurada te siguen llamando tus hijos que te adoran. Bendita Tú, Reina de los corazones alzados a ti, enamorados de ti, entregados a ti. Bendita Tú, Madre de los silencios y las plegarias, de las lágrimas y los aplausos, de los diferentes y los indiferentes, porque todos formamos parte de las cuentas de tu rosario.

Bendita Tú, que llenas de Caridad los amaneceres únicos de esta tierra...

miércoles 16 de julio de 2008

Hoy zarpa el velero de la Gloria


Hoy zarpa, como cada año, el busque-escuela, en su eterna singladura por el mar de Cádiz. No, no busquen el mar que se aprieta contra las murallas, que besa troneras y balcones con balaustradas, que se desvive y se desmuere en la orilla de la playa. No es ese el mar por el que navega el velero de la Gloria. Es el mar de las murallas apretadas contra el mar, de los besos de troneras vigilantes de tres mil cielos, de una inmensa balaustrada de balcones. Es el mar que se desvive y se desmuere en la orilla de las noches, en la playa de los sueños, que riza sus espumas a golpes de levante y de poniente, deshojando, casi misteriosamente, la rosa de los vientos, con lunas de plata, con plata de lunas engastadas en las piedras ostioneras de sus más de treinta siglos de historia.

Hoy zarpa, como cada año, el velero de la Gloria, el buque de la escuela del Amor, desde el Puerto de la Gracia donde empieza el mar y el mar acaba. Porque allí comienza la infinita plenitud de las aguas bendecidas de un océano de calles y de plazas. Y allí vuelven, a morir, las eternas pleamares que salpican las puertas del Puerto de los Cielos. Hoy zarpa, sí, la Goleta Inmaculada de la Virgen, Capitana del Mar y de los mares, del Cielo y de los cielos, de los tres mil cielos de esta tierra. Atronarán sirenas como campanas en las altas espadañas de esos cielos que son suyos, cuando el velero de la Gloria desplegue su velamen de oro entretejido sobre los doce mástiles de plata, navegando al rebufo de los vientos por tu mar, Carmen de la mar de Cádiz.

Capitana del Mar... Se llama Carmen. Y tiene galones de estrellas prendidas en su pecho y el fajín de la Gloria colocado en la cintura. Va vestida de sol, que es su traje de gala cuando contempla su mar desde el puente de mando de su barco. Y la coronan la brisa de los sueños y los sueños de la brisa de la tarde, el amor infinito de los besos y los besos infinitos del Amor acunado entre sus brazos. Bendito Timonel del Amor, el Niño de la Virgen, agarrado al timón de su velero navegante por los eternos mentideros de la Verdad.

Cuando llegue la noche, contemplen la luna en los tres mil cielos que se besan con la mar de Cádiz. Sobre la mar de nuestros corazones, navegará el buque-escuela del Amor donde Carmen es Capitana y el Niño-Dios Timonel, rumbo al Puerto de la Gracia, donde anclará, como cada año, para que Ellos vuelvan al camarín de su Cielo, frente al mar que se aprieta contra la balaustrada de la Alameda, junto al mar que se desvive y se desmuere en las orillas del cielo, salpicando las puertas de su Puerto. Contemplen la luna de esta noche y comprobarán que no es posible verla completa. No es que la luna esté menguando. Encontrarán la mitad que le falta bajo las plantas de la Virgen, hecha peana de plata de luna, de luna de plata, cuarto creciente como puente de mando de una Virgen que capitanea el velero de la Gloria y que rompe la oscuridad con el plenilunio de sus ojos...

miércoles 2 de julio de 2008

Las Siete Palabras (y VII)


SEPTIMA PALABRA

“PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU”


El sol se eclipsó y el velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, con fuerte voz, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Y al decir esto, expiró.

No es posible que mueras, Señor mío,
clavado en una Cruz de soledades...
Que no puedo, Señor, mirar los ojos
transidos de amargura de tu Madre.
Ella, tan Niña, que no entiende
calvarios tan amargos que le parten
sus entrañas de Niña sin consuelo
por sus desconsolados lagrimales.
No lo entiende, Señor, es una Niña...
Solo siente el dolor de los puñales
que atraviesan su alma medianera,
marchita de dolor de parte a parte.
No es posible que mueras, Señor mío,
clavado en una Cruz de soledades...
La Niña de Belén llora su pena
bajo un palio de pena inconsolable.
Aún recuerda la noche misteriosa
en que vino Gabriel para anunciarle
que su vientre de amor sería Sagrario
pues Dios la había elegido como Madre.
Aún recuerda el pesebre del establo
donde te puso, Cristo, los pañales
y te cantó la nana de la noche
meciéndote en sus brazos maternales.
Aún recuerda tus ojos de chiquillo
travieso que jugaba por las calles
y la primera vez que te perdiste
y la última vez que la besaste.
No es posible que mueras, Señor mío,
clavado en una Cruz de soledades...
Al pie de la Cruz quiere María,
con sus propias manitas desclavarte
y besar tus heridas y tus llagas
y mecerte, Dios mío, y acunarte
y cantarte la nana de la noche
y sentir que te quiere más que a nadie
pero no puede, Dios, pero no puede
tan siquiera secar sus lagrimales.
No entiende el por qué de su amargura
ni entiende la amargura de tu sangre.
No es posible que mueras, Señor mío,
clavado en una Cruz de soledades...
En el último aliento Tú quisieras
beberte los suspiros de la tarde,
apresando la muerte entre los labios,
en tu boca llagada de pesares,
por tragarte, Señor, cada amargura,
cada beso de espinas que aguantaste,
cada gota de aire que se escapa,
cada gota de vida que te falte.
Tú, Señor, que perdón nos ofreciste,
paraíso de amor nos entregaste,
que nos diste el consuelo de lo humano,
que por dar, Señor, nos diste hasta una Madre
y calmaste la sed de nuestros labios
con amplios y fecundos lagrimales,
en tu séptima palabra nos ofreces
¡la Vida!, Señor mío, que miraste
a la muerte, sin tapujos, frente a frente,
y muriendo, Señor, nos regalaste
la dicha de creer que existe un cielo,
sin llantos, sin dolor y sin penares...
Alégrate, María, que no hay luto,
que no hay muerte que pueda destrozarte,
porque esa Cruz, Señora, que no entiendes,
esa Cruz de dolores que te parte
tu corazón de Niña y de Mujer,
de Reina Mediadora y de Madre
es una Cruz de Vida y no de muerte,
una Cruz de esperanza sin pesares.
Pues no es posible, Dios, que Tú te mueras
clavado en una Cruz de soledades.
Solo duermes, Señor, en la madera...
¡Ya no lloran los ojos de tu Madre!

domingo 22 de junio de 2008

Las Siete Palabras (VI)


SEXTA PALABRA

“TODO ESTA CUMPLIDO”


Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: “Todo está cumplido”. (Jn. 19, 30)

Después de una sentencia sin sentido,
el sentido total de tu sentencia,
plenitud de tu amor y tu clemencia
porque todo, Señor, está cumplido.
Ya no hay dudas que rompa el equilibrio
de tu divinidad humanizada;
tu meta para siempre fue alcanzada
por esta aceptación de tu suplicio.
Sereno en tu dolor, omnipotente,
consciente de tu muerte salvadora,
afirmas con palabra redentora
que en Ti la redención está presente.
Se cumplió tu mensaje de esperanzas,
aceptando la muerte, tu victoria.
En tu sexta palabra das la Gloria,
el Reino de las bienaventuranzas.
Aquí estamos, Señor, los indigentes,
de espíritus tan pobres y mezquinos,
buscando en tu agonía los caminos
de tu Reino de amores transparentes.
Aquí estamos, Señor, los que lloramos
siquiera porque así se gana el cielo,
agarrando la cruz de tu consuelo...
Y en cruz de desconsuelos te clavamos.
Aquí estamos, Señor, los que sufrimos
por culpa de unas almas siempre en guerra,
esperando heredar siempre la tierra,
curación de todo el daño que te hicimos.
Aquí estamos, Señor, los que tenemos
auténtica ansiedad por ser saciados
del hambre y de la sed que, aprisionados
en cárcel de injusticias, padecemos.
Ansiedad de alcanzar misericordia,
los inmisericordes te pedimos
que perdones, Señor, si te ofendimos,
que nunca nos apartes de tu gloria.
Aquí estamos, Señor, con corazones
manchados de maldad y de pecados,
buscando en cada pena ser limpiados
por el puro caudal de tus perdones,
buscando ver la estela de tu faz.
Seguimos guerreando en la batalla,
eterno desamor que nos estalla
sin poder conseguir nunca la paz.
Aquí estamos, Señor, los que queremos
ser bienaventurados por tenerte,
los que solo, Señor, te damos muerte
y, sin embargo, gloria pretendemos.
Aquí estamos, Señor, los perseguidos
que huimos de los miedos y temores.
Si acaso porque huimos, Dios de amores,
ofrécenos tu Reino a los vencidos
por tanta soledad y tanta muerte,
por tanto desengaño y tanto espanto.
No nos dejes, Señor, quiérenos tanto
que nos de hasta vergüenza no quererte.

domingo 15 de junio de 2008

Las Siete Palabras (V)


QUINTA PALABRA

“TENGO SED”


Después de esto, sabiendo Jesús que todo se había acabado, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había un vaso lleno de vinagre; y, poniendo en un ramo de hisopo una esponja empapada en el vinagre, se la acercaron a la boca. (Jn. 19, 28-29)

Tú, Señor, que nos diste de beber
la Sangre de tu cuerpo derramada
para saciar la sed de nuestros labios
y el desierto sin fin de nuestras almas,
tienes sed... Mas no tenemos agua
con la que refrescar tu sufrimiento,
el rosal de tu boca descarnada.
No hay agua para Ti cuando te mueres.
¿Qué más da? ¿Acaso te salvaras
por un poco de agua entre los labios,
condenado a una muerte tan clavada?
Un poco de vinagre es un consuelo
en el oasis seco de tus llagas.
Perdónanos... No existen manantiales
en las almas que están avinagradas.
En esa colección de los sedientos,
de esos Cristos sedientos de esperanza
y de amor y de paz y de justicia
y de fe y de luz y hasta de agua,
estás Tú, Señor mío, que nos pides
unas gotas de amor en nuestras almas.
Perdónanos... No existen manantiales
en las almas que están avinagradas.
Para calmar la sed de los que sufren
les vamos dando charcos de metralla,
vinagre del olvido y desamparo,
la hiel de los desprecios que se guarda
para labios resecos de amargura,
para bocas deshechas por las llagas.
Tenemos manantiales de egoísmos
para saciar la sed que nos devasta.
¡Qué sequía de amor, Señor del Cielo,
seguimos padeciendo en nuestras almas!
Perdónanos... No existen manantiales
en las almas que están avinagradas.
Tú que das de beber eternamente
en un cáliz de amor y de esperanza,
no busques en nosotros un consuelo.
Ni siquiera escuchamos tu palabra,
la quinta soledad de tu Calvario,
envuelta en el oasis de tus llagas.
Para calmar tu sed, busca a tu Madre,
abajo, en la tierra reseca que desgarra
su llanto escarnecido de penares,
exprimiendo su amor, por darte agua.
Mira, Dios, sus ojos que aprisionan
torrentes de dolor y de esperanza,
cataratas de penas y quebrantos,
embalses de amarguras y nostalgias,
manantiales salados de tristeza,
océanos de lunas marchitadas.
Con una gota de llanto de sus ojos
ya tienes Tú, Señor, tu sed calmada...
Perdónanos...
Nos bebimos el resto de su llanto
para limpiar el alma avinagrada.

domingo 8 de junio de 2008

Si vais a San Lorenzo


Si vais a San Lorenzo alguna tarde
no olvidéis mirarle la cara dolorosa,
mirad como os traspasa su pena piadosa
y cómo el corazón de amor os arde.
Y si podéis mirar sus dulces ojos
sentiréis de sus llagas la dulzura;
que allí se colman las almas de ternura
y en amor se convierten los enojos.
Y qué dulce escalofrío te encadena
y cómo sale de la boca un ¡Señor mío!
¡Cómo se mezcla la pena con el frío
en el frío silencio de su pena!
Y reza la garganta del creyente
y traspasa de amor su piel morena
y es amargor colmado de condena
la oración del amargo penitente.
Y por besar su pie desnudo y dolorido
o por tocar su túnica de duelo
se han bajado los ángeles del cielo
para secar la sangre que ha vertido
en su penar cansado y ceniciento,
con su rostro nacarado de dolor.
¡Cómo lleva con sus Penas el amor
para partir la pena en un momento!
Qué divino está el clavel dormido e inerte.
Qué solemne con la cera que ilumina
su dulce mirar de Rey que no domina
porque entrega su amor hasta la muerte.
Que si vais a San Lorenzo alguna tarde,
no olvidéis mirar sus manos encordadas,
mirad que por amor están atadas
y cómo el corazón de amor os arde.

viernes 30 de mayo de 2008

Las Siete Palabras (IV)


CUARTA PALABRA

“DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?


Desde la hora sexta se oscureció toda la tierra hasta la hora nona. Hacia la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt. 27, 45-46)

Tu humanidad, Señor, siendo divino,
acrecienta mi fé tambaleante...
Muchas veces, Señor, te recrimino
sentirme abandonado, sin destino,
reflejo de mi amor tan inconstante.
Tú también te sentiste abandonado,
entregado a una muerte sin sentido,
sentir de corazón tan destrozado
latiendo humanamente, destronado,
a punto de quedarse sin latido.
En la cárcel de llantos de la vida
cuántas veces sentí que me dejaste,
culpándote, Señor, de cada herida,
de cada soledad no compartida,
pensando que -¡ay, Señor!- me abandonaste.
Tu humanidad, Señor, en ese huerto
cuando todos dormimos sin temores,
con tu miedo, tu duda ante lo incierto,
espina de amargura que te ha abierto
el alma traspasada de rejones;
tu miedo, Señor mío, tan humano,
tan semejante al nuestro, tan terrible,
tan igual a nosotros, tan cercano,
de dudar que tu muerte fuera en vano,
sabiendo que dejarlo era imposible.
Un cáliz de amargura te bebiste
para tragarte entera la amargura
y así tu voluntad la sometiste,
inmolado Cordero que sufriste
en tu Cuerpo y tu alma la tortura
del total abandono en un madero,
luchando, codo a codo, con tu suerte.
Pudiste renunciar, Dios verdadero,
bajarte de la Cruz, seguir entero...
¡Tú nunca renegaste de la muerte!
Perdóname, Señor... Yo sí te niego
si siento que no está mi Dios conmigo
y a veces te pregunto si estás ciego
o no quieres mirar... y casi llego
a olvidarme de Ti como castigo.
Por tu cuarta palabra de quebranto,
de más hombre que Dios, Señor divino,
te prometo intentar quererte tanto,
como me quieres Tú, Tesoro Santo,
y llevarte a mi lado en mi camino.
Porque el alma, Señor, amor te pide;
más amor todavía tú me donas.
Y aunque mi alma de hombre a Ti te olvide
y mi amor te abandone y te descuide,
Dios del Cielo, jamás Tú me abandonas.